La caída del Dictador

El pasado 14 de noviembre el ejercito irrumpió en las calles de Harare, capital de Zimbabue, anunciando la toma de poder del longevo presidente Robert Mugabe, luego de 37 años en el poder. Patrullaron las calles, bloquearon el acceso a edificios gubernamentales, tomaron control de la estación de televisión nacional, y pusieron en custodia a Mugabe y su esposa Grace, todo mientras insistían que esto no se trataba de un golpe militar.

De esta manera, termina la era de uno de los grandes dictadores de África. Casi 40 años de desgobierno han dejado a Zimbabue profundamente afectada, pero Mugabe por fin ha perdido el control del país que arruinó. Lo increíble, y lamentable, es que haya durado tanto. Hay mucho que aprender de su fallida revolución.

Un héroe nacional

Mugabe fue alguna vez admirado como un guerrillero marxista que se alzó contra el mandato de los blancos en los ’70, en lo que se conocía como Rodesia, alcanzando el poder en 1980 luego de la independencia del Reino Unido. Inmediatamente después de establecerse en el poder, predicó una reconciliación con las elites blancas que habían gobernado el país durante el colonialismo y fue admirado por muchos casi como un Mandela. Con la ayuda de órganos internacionales, buena voluntad y buenas cosechas, Zimbabue floreció.

Pero como tantos revolucionarios, Mugabe no soportó ni la más mínima oposición a su mandato, y poco tardó en aplicar la opresión y el miedo para silenciar la disidencia. Consideró que los Ndebele, el segundo grupo étnico más grande del país, suponían una amenaza, y uso una pequeña insurrección como excusa para destruirlos. En 1983 mandó a sus fuerzas especiales, entrenadas por Corea del Norte, a violar, torturar y matar a miles de civiles que apoyaban a su opositor Joshua Nkomo.

En el ámbito económico Mugabe era un revolucionario en el peor sentido de la palabra. Conocido por su discurso populista que le permitía dar órdenes y posar como el defensor de los pobres, gastaba dinero público alocadamente. Cuando se le terminaron las reservas, empezó a expropiar cosas como las grandes granjas comerciales, piedra angular de la economía y entonces propiedad de terratenientes blancos, y dándoselas a sus afiliados a pesar de su poco conocimiento de agricultura. Esta falta de respeto por los derechos de propiedad consiguió asustar a inversores extranjeros. El dinero volvió a faltar y Mugabe no tardó en imprimir dinero en masa, resultando, en su punto más alto, en una inflación anual de 231.000.000% (un billón de dólares de Zimbabue no alcanzaba para comprar una hogaza de pan en 2008). Y para combatir esto el gobierno instauró controles de precios que llevaron a los negocios a quedarse sin productos básicos; todo esto mientras él y sus aliados se enriquecieron gloriosamente. Luego de 37 años de gobierno un 70% de los zimbabuenses viven bajo el umbral de la pobreza, mientras que por lo menos un cuarto de la población está en necesidad de ayuda alimentaria.

¿Servirá el golpe militar para cambiar el destino de Zimbabue? Es difícil decir. Cuando uno escucha que ha habido un golpe militar, es normal asumir que ha habido una transición de poder. Pero en Zimbabue está muy claro de que esto no se trata de una revolución, sino una mera lucha interna entre las elites políticas. La nación africana es una de las más corruptas del mundo, y lo que hemos visto esta semana es un intento de mantenerla así.

Un difícil pozo del que escapar

            La situación actual de poder es el resultado directo del desgobierno de Mugabe, quien había recientemente desplazado a su vicepresidente Emmerson Mnangagwa, algunos sospechan que para dejar a su mujer Grace Mugabe (Apodada Gucci Grace gracias a su manía por las compras) preparada para heredar el trono. Mnangagwa, apodado el cocodrilo por su dureza, es igual de culpable que Mugabe de los males de Zimbabue (Fue ministro de seguridad durante la masacre de los Ndebele, por ejemplo), pero consiguió el apoyo del ejército para destituir a Mugabe. El antiguo presidente primero se negó a resignar a su cargo, pero anuncio su renuncia pocos días después, y el 24 de noviembre Mnangagwa asumió como el segundo presidente de Zimbabue.

Es difícil decir que depara el futuro para Zimbabue. Algunos optimistas confían en que Mnangagwa, un matón, pero uno pragmático, reconozca que las arcas del país están vacías y busque ayuda del IMF u otros donantes, para lo que tendrá que reparar el estado desastroso que hereda de su antecesor. Cualquier tipo de ayuda a este gobierno tiene que venir con la garantía de libertad y justicia para los zimbabuenses. La intervención de las Naciones Unidas, la Unión Europea, China o EE. UU. como observadores imparciales sería bienvenida, y ayudaría a restaurar la tan perdida confianza en el país.

Hay dos lecciones importantes que podemos aprender de la caída de Mugabe. La primera es que las malas políticas, sobre todo implementadas abruptamente, pueden destrozar un país en cuestión de meses, más allá de lo que a veces se piensa posible (Miren a Venezuela). Y la segunda es que, a pesar de todas sus faltas, la democracia sigue siendo el mejor antídoto contra los malos gobernantes. Si los zimbabuenses hubiesen podido elegir, se habrían deshecho de Mugabe hace años. Si hubiese un voto honesto ahora, su sucesor empezaría con verdadera legitimidad. Zimbabue de momento no ha aprendido ninguna de las dos.

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