– ¿En qué trabajas? + Soy pompero.

Un domingo al mes recorro Madrid de noche, acercándome a cada persona que tiene los sueños rotos, a cada persona que ha dejado de creer en las segundas oportunidades, a cada persona que sigue luchando sin conocer su causa ni su razón, me acerco a cada persona a la que nadie se acerca y la ofrezco un café, y la ofrezco hablar, y me ofrezco a escuchar.
A veces pasan sólo cinco minutos antes de que te manden a la mierda (qué se le va a hacer, todos tenemos un mal día); a veces pasan 10 antes de que se pongan a llorar, antes de que se te encoja el corazón y te cagues en la puta madre que parió a la crisis (o en el ayuntamiento y su politica); a veces pasan 20 antes de que te des cuenta de que con borrachos no se puede hablar de nada (que pruebe alguien a intentar mantener una conversación conmigo cuando salgo y hasta tengo que cerrar un ojo para leer lo que me dice mi madre por whatsapp); y a veces pasan 30-40-45 sin que te des cuenta de nada más excepto de que quieres seguir hablando con un expresidiario que te hace reír y te alegra él a ti el domingo, cuando el objetivo era el contrario.
Índigente de unos 30 años, cresta azul, mirada profunda y sonrisa imborrable.
Me contó que él era feliz.

Hace dos años había salido de la cárcel, y bueno, nuestra sociedad no cree en segundas oportunidades después de eso, sobretodo si no tienes a nadie esperándote fuera.
Vivió unos meses en una comuna en la sierra, en la propiedad de unos ancianos que les alimentaban y se emocionaban cuando veían sus tierras cultivadas de nuevo.
Me dijo que ahí también fue feliz. Que se levantaba con el día, y cortaba leña, o recolectaba tomates, o simplemente se tumbaba a tomar el sol; me contó que ahí vivían a su ritmo, con sus normas. Y que fue feliz.
“¿Por qué te fuiste?” , pregunté entonces “Estaba de paso”, me sonrió.
“Y ahora”, “Pues soy pompero” reí.
Me contó que él era feliz.

Bien es verdad que cuando caía la noche no tenía cama en la que acomodarse, ni nadie a quién abrazarse, ni si quiera un mando con el que hacer zapping sin intención de ver ningún programa; que, también, había noches en las que ni cenaba. Pero que era feliz.
“Mira, la magia del jabón del lavaplatos de tu madre” y era feliz bajo la mirada asesina de unos padres y rodeado de niños riendo y jugando con sus pompas, de todos los colores y a la vez de ninguno.

Me contó que los domingos eran sus días preferidos, con la plaza de opera llena de gente y de familias con críos dispuestos a considerarle su mejor amigo durante el rato que les dejasen sus padres; y que jóder, si encima en sus noches me voy a acercar yo a verle se va a dedicar a esto durante toda su vida.
Me confesó también que los días de lluvia eran los más jodidos… “Menos mal que ahora hace buen tiempo” dijo sonriéndome mientras me miraba tan fijamente a los ojos que me hizo ruborizar.
“Menos mal que ya ha dejado de llover pompero”

Me habló de Andalucia, de los Pirineos, de Francia “Soy pompero, puedo trabajar en cualquier sitio que haya niños”; me habló de la playa y de los castillos de arena que pensaba hacer, de las montañas, de cualquier sitio. Y es que está de paso, y es que crea su camino para luego no seguirlo, y sueña para cumplir sus sueños y tener luego otros; y viaja, y cualquier lugar fuera de la prisión va a ser magnífico; y no tiene prisa, y vive a su ritmo, que no cuadra con el reloj de nuestros móviles; y es que es burbuja y las burbujas vuelan alto, para explotarse cuando intentas retenerlas.

Por Leyre Hermana.

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