Recuerdos que nunca te transmití

El día daba sus últimos coletazos y tal y como predije, volviste. Volviste de la manera más inesperada.

El olvido y el hastío no se tomaban la molestia de hacer mella en mi interior y la alarma no hacía más que sonar. Las 9:00. No había podido pegar ojo en toda la noche y era día de feria, lo ideal para mi insomnio. Antes de salir de casa, tomé una ducha y me serví unos de tragos de whisky. No había llegado a la verbena y ya tenía media botella vacía, necesitaba reponer antes de coger el autobús, ya que el acontecimiento tenía lugar en el pueblo más cercano. Cumplí mi misión justo a tiempo sin saber lo que me esperaba en la estación.  Volví a ver la luz en tu mirada, era una sensación extraña,  tenía el presentimiento de que esto todavía no había acabado. Fui  la primera persona a la que miraste antes de subir al autobús y mi corazón decidió que la tregua, anteriormente programada, tocaba a su fin.

Van a hacer tres años desde aquel sábado y de lo que parecía que iba a salir una historia llena de buenos recuerdos, ahora no nos queda más que frustración e incertidumbre. De aquellos tiempos sólo recuerdo desencuentros y alcohol, mucho alcohol, de ahí el hecho de que mi paladar se haya vuelto más exigente, o quizás sea mi hígado… puede que ambos. Nuestra felicidad giraba en torno al vicio pero no éramos conscientes de ello y cuando salíamos de aquel bucle, todo se desmoronaba cual castillo de arena en manos de un niño con pala y rastrillo.

Las 16:00 y ya parecía un irlandés en el día de San Patricio. Utilizar el whisky para paliar mi falta de sueño y aliviar el calor que transmitía esa sofocante bola de fuego del cielo no fue buena idea. Cuando me adentré entre la multitud, divisé tu rostro en la lejanía. Desde mi perspectiva, se creaba un agujero negro que hacía que desapareciese cualquier ser a su alrededor y te dejaba ahí, solitaria, buscando entre la muchedumbre una sonrisa cómplice y sincera que te sacase de aquel caos. Desafortunadamente, encontraste esa sonrisa en el único imbécil enamorado que te la brindaba.

Desde el primer momento supe que pasaba algo, no sabía qué, pero pasaba algo. Tus amigas miraban raro y tú te acercabas a mí constantemente, grácil y ebria. Debíamos huir de ahí inmediatamente, la gente nos observaba y la situación no era la más idónea. La verbena continuó y escapamos sin dar explicaciones. Entre caricias, besos y abrazos me recordaste una vez más el sentimiento que me consume cada día inexorablemente, sin compasión. Tu rostro frente al mío, mis labios acercándose al abismo, tu cuerpo rozando mi alma de la forma más simple y vulgar.

Capuleto rendida a Montesco. Nos cogimos de la mano y apoyaste tu cabeza sobre mi pecho.

La noche se tornó en apocalipsis con tu marcha y el nuevo día no presagiaba nada bueno. Como en la obra de Shakespeare, el final tampoco fue feliz. Ella decía que no recordaba nada de lo que había pasado y yo me esforzaba por mantener la vista fija en un punto y que la tierra no me tragase. Sentí cómo el corazón se me hacía pedazos, tus palabras eran puñales que despedazaban cada trozo de mi alma. Pecando de inexperto, quizás no tuve el valor de decirte todo lo que sentía a la cara, simplemente prefería escribirlo en cualquier folio y plasmar el sufrimiento y el martirio que provocan mis recuerdos. Ese día fue un punto de inflexión, no sabía si darte de tu propia medicina, si no volverte a dirigir la palabra en lo que me restaba de vida o si compadecerme e intentar llevar contigo una amistad normal. Pero no podía hacer como si nada hubiera pasado. Sabía que la única forma de pasar tiempo contigo era dejar que me utilizaras, mi mente no concebía otro pensamiento, por eso sucumbí y me dejé llevar. Con el paso del tiempo, me percaté de que el corazón no es un buen guía para seguir el camino, la solución fue marcharme lejos y dejar que el desasosiego y la razón se apoderasen de ese sentimiento envenenado que reinaba en mi vida.

Al fin y al cabo hemos conseguido lo que siempre anhelamos, tras varios encuentros desde la lejanía, supe que lo nuestro estaba abocado al fracaso y hemos logrado que la distancia dejase de ser un problema para nosotros. Lo cierto es que hoy he vuelto a echarte de menos y veo mi mente oscura. La clarividencia que me inundó hace poco fue más efímera que nuestro amor. Ahora que todo ha acabado, ahora que el ron pierde su dulzor con tu ausencia, ahora que vuelvo a escribirte, se apodera de mí un extraño sentimiento de nostalgia. El único consuelo que me queda es que te apetezca aparecer en mis noches, cuando el alcohol hace su efecto y me pierdo en la espesa oscuridad de mi habitación y en mi mundo onírico.

Eso es lo que eres para mí, un sueño que se esfumó sin despedirse.

Fotografía: Georgie Pauwels

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Juan Sebastián Crespo Correro

20 años. Estudiante de Periodismo en la UCM. Apasionado del fútbol, la música y la lectura.

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