Ese gran olvidado…

“Cementerio de elefantes”, “cámara inútil”, “cortijo” … El Senado recibe muchos nombres, y casi ninguno positivo. Cada vez son más, partidos y votantes, los que piden su cierre por ser poco -o nada- funcional. Los senadores son vistos, generalmente, como políticos retirados que pasan sus últimos días en este trabajo cómodo y de escasa relevancia… Pero, ¿para qué sirve esta institución, la Cámara Alta de las Cortes Generales? El Senado nace, junto con el Congreso, a mediados del siglo XIX. Esta era, en principio, la cámara de los nobles y la alta jerarquía. Estaba compuesta de miembros natos -miembros de la familia real, Grandes de España…- y otros que eran designados por el Rey. El último reducto del Antiguo Régimen en una España que, poco a poco, iba adaptándose al avance de la democracia liberal.

 

Desde 1978, el Senado queda regulado por la Constitución como la cámara de representación territorial. En un país tan diverso como España, una institución como esta sin duda es necesaria. Ahora bien, ¿es este el Senado que mejor se adapta al país del siglo XXI? Las funciones que tiene, en verdad, son pocas. Apenas puede aprobar nada que no pase por el Congreso, y tampoco puede vetar más de una vez las leyes que salgan de este. Además, su sistema de elección es totalmente desproporcionado, provocando que, con porcentajes de apenas un 30-35%, se logren cómodas mayorías absolutas que no representan ni de cerca aquello que los ciudadanos han votado.

A todo esto, o precisamente como consecuencia de ello, se suma el uso que los partidos han venido dando a la cámara, sirviendo de retiro para políticos de larga trayectoria venidos a menos. Se trata, principalmente, de los senadores “por designación autonómica”, es decir, diputados de los Parlamentos autonómicos que son enviados al Senado como representantes de su Comunidad. El famoso caso de Rita Barberá es uno de ellos. En total, son 58 los senadores elegidos por este método. El resto, 208, son elegidos a la vez que los diputados del Congreso, aunque por un método distinto: se vota el nombre del senador, y no la lista del partido. En total, 266 miembros, donde se intenta compensar la asimetría de la población entre las distintas regiones. Por ejemplo, Castilla y León tiene 38 senadores; Madrid, 11.

 

Sin embargo, la representación territorial del Senado se hace inútil cuando, en el Congreso de los Diputados ya se compensa parcialmente esta diferencia. Con el ejemplo de antes, Castilla y León cuenta con 32 diputados mientras que Madrid tiene 36. La representación territorial es importante, sí, pero si se da por duplicado acaba ocurriendo, como en este caso, que una de ellas es inservible. Por tanto, dos alternativas: eliminar el Senado o reformar el Congreso. Ambas conllevan una modificación de la Constitución, por lo que el proceso es largo y lento.

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Salvatore Ignacio Nocerino Tellería

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